Escuela y aprendizajes

Me gusta retar al destino los domingos de extrema aburrición. Suelo hacer cosas que tienen diversas consecuencias en mi vida pero una es patológicamente reincidente: pintarme las uñas mientras estoy ebria.
Sí, es patético y lo sé, pero los domingos de extrema aburrición son perfectos para entrarle al Absolut Pears en combinaciones varidas (más si contiene rebanadas de fresa). Ese no es el tema.

Cuando me siento realmente ebria… me pinto las uñas. Sí, en esos momentos cuando más tiembla todo (física y emocionalmente) me armo de limas, esmaltes y cortauñas; dispongo todo frente a una mesa y comienzo.

Me las corto mal, me quedan chuecas y mordidas, me saco sangre o pienso cosas bonitas como: son uñas y crecen. Ahora son rosas, mañana, sepa dios de qué color estarán y qué tanto me habré salido del patrón original de las medias lunas del manicure fancés.

He pensado en comenzar una carrera en Cosmetología (tan serio es, que la pongo en mayúsculas) porque si soy capaz de pintarme las uñas ebria y evitar cortarme el pelo a mí misma, tengo una vocación incomparable que debe ser explotada.

Cosmetología, esa es mi vocación.
Pero no me hagan mucho caso; estoy ebria.

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