Soy de esas mujeres que entran en crisis cuando notan que no hay crisis en puerta. De esas que hacen berrinches y dejan de respirar cuando los zapatos que quieren ya no están en existencia en la talla necesaria. Soy de esas que regresa limonadas a la cocina si ya vienen con azúcar. Soy de esas que duerme en cama perfumada.
En un día cualquiera, al hacer el recuento de mis actividades, remato con algo como “ah, y Rihanna sacó un nuevo video”.
Soy, podríase pensar después de esta introducción, soltera e insufrible.
Y luego, allá en sus casas, están mis amigas a quienes cada día veo menos porque sus maridos… sus hijos… sus trabajos 9 to 5, blah, blah, blew.
Ellas, el pasado sábado, me dieron una inmersión no consensual en lo que viene siendo ”ser un adulto y tener responsabilidades” y mi reacción fue de tremenda pena ajena.
Those bitches gang raped my ego.
Me hicieron sentir CULPABLE de ser fabulosa.
Me hicieron, por un instante, dudar del efectivo funcionamiento de mi estilo de vida: su existencia, validez y evolución.
Me hicieron querer taparme el escote, ponerme a dieta y ligarme las trompas.
Acabé abrazándolas, brindando con ellas y deseándoles lo mejor, porque van a necesitar toda la buena vibra que pueda manejar esta dimensión.
Luego llegué a vivir mi domingo (a ver Game Of Thrones) mientras me tomaba un té helado de frambuesa, y sonreí con satisfacción al recordar la frase de una de ellas:
“No es lógico que esperes ser feliz con cosas como estas”, dijeron, “Tú eres diferente… tú no te conformas”.
Cheers to that!
Domingo en casa.
Después de antro y festejo, los despojos se cuentan en pulgadas.
Los juntamos para no tropezarnos.
Medio número que significa todo.
Que nunca seremos iguales.